Con una altitud media de apenas 3 metros sobre el nivel del mar en su zona baja y colinas que alcanzan los 672 metros en el Monte Deva, Gijón despliega una orografía compleja donde la estabilidad del terreno no es negociable. La expansión urbana hacia las laderas del Cerro de Santa Catalina y la construcción de infraestructuras en los valles de los ríos Piles y Aboño exigen soluciones de contención que vayan más allá de los muros convencionales. Aquí es donde el diseño de anclajes activos y pasivos se convierte en la columna vertebral de cualquier proyecto que deba domar el terreno sin ceder un solo centímetro. Para caracterizar el material donde se confinará la lechada de cemento, es habitual apoyarse en ensayos de permeabilidad in situ que determinan la viabilidad de la inyección en los limos y arenas locales.
Un anclaje activo bien tensado transfiere la carga al terreno profundo antes de que la excavación se deforme un solo milímetro: ese control es irrenunciable en el casco urbano consolidado de Gijón.



